Un imprescindible en la hoja de vida de un directivo: la madurez de personalidad

    Alejandro Fontana Palacios
    Profesor del Área de Control Directivo del PAD- Escuela de Dirección.

    Hoy en día, todos los que ingresan al mundo empresarial están muy preocupados por construir su futuro profesional: muchos estudian al mismo tiempo que trabajan o practican. A muchos de ellos les mueve el deseo de tener mayores responsabilidades y de ser directivos, y ponen esfuerzo por seguir un diplomado, por aprender otros idiomas y por contar con roce internacional. Sin embargo, muy pocos saben que su futuro profesional dependerá principalmente de la madurez que haya alcanzado su personalidad. Y es que la madurez de la personalidad no se adquiere de modo automático; tampoco en programas o intercambios internacionales; la madurez es una cualidad de la persona que resulta del trabajo que ella haga sobre las inclinaciones de su propio temperamento y gustos.

    En este sentido, la madurez de la personalidad tiene tres componentes, que brevemente describiré en este artículo: intelectual, emotiva y social.

    La madurez intelectual reclama el reconocimiento de las propias capacidades y también de los propios límites. Hay quien tiene facilidad para los idiomas, otros la tienen para explicarse. Se trata de un análisis objetivo que cada uno debe hacer, quizás con la ayuda de un buen amigo con experiencia para ser objetivo. Junto con esto, la madurez intelectual también requiere descubrir el sentido de la propia existencia: Henry Ford se dio cuenta que podía proveer de autos a la gran población de Estados Unidos; Peter Drucker intuyó que lo suyo no era ser el hombre más rico del cementerio, sino un profesor universitario que contribuyese a mejorar la vida de otras personas. Cada uno posee una misión específica, porque cada uno es, por experiencia propia, irrepetible, exclusivo y único. Cuando una persona descubre su propia misión, es muy fácil que se plantee metas claras. Por eso la madurez intelectual reclama que una persona tenga fines y metas claras, y que además estas sean dinámicas. El tiempo es un recurso que no se puede ahorrar, por eso su administración demanda planificación. Sin orden, también en las actividades que uno desarrolla en uno o cinco años, no puede llegarse a una mayor perfección. Pero no se trata de metas únicamente de carácter profesional, interesan mucho las metas que van en la línea de la capacidad de controlar el propio temperamento, en la administración del tiempo libre, en el uso del lenguaje, en el manejo de la afabilidad personal.

    La madurez intelectual también necesita descubrir y aceptar el conjunto de valores que gobernarán la propia existencia. Estos valores son los que sirven de argumentos para soportar una decisión, y por lo tanto, los que aseguran que la actuación será ética, y por tanto conveniente para uno mismo y también para los demás. De otro lado,  la actuación ética es la mejor fuente de  motivación para la creatividad y la iniciativa, de modo que la madurez intelectual se refleja en una creatividad y en una capacidad mayor de iniciativa.

    La madurez emotiva se da cuando la persona aprende a reaccionar de modo proporcional ante los distintos sucesos de la vida: aprende a manejar el fracaso; sabe que todo éxito siempre es prematuro, y por tanto, sigue trabajando y esforzándose por mejorar su performance. También son elementos importantes de la madurez emotiva el optimismo: la capacidad de ver el aspecto positivo de las distintas situaciones, sin quejarse del pasado; la alegría: que es una realidad que se construye y no solo se experimenta. Tenemos muchos más motivos para estar alegres que para estar tristes, aunque algunas cosas, por importantes que nos parezcan, no nos hayan salido bien o resulten dolorosas; y la simpatía, que supone ser amable con los demás, especialmente con quienes conviven con nosotros y quienes trabajan a nuestro alrededor.

    La otra dimensión de la madurez, la social, implica no olvidar que la persona humana es un ser social por naturaleza. Por naturaleza, tenemos una orientación a aportar a los demás. Por eso, madurez social supone tener el prurito de pensar siempre en los demás: no causar más trabajo, más aún, trabajar de modo que se alivie el trabajo de los demás; ceder el paso a los peatones; no tocar el claxon para no molestar a los vecinos; ser paciente con un taxista que está delante. En el mundo empresarial, la madurez social se traduce en el interés personal por comprender y atender a los clientes. No se trata de obtener el mayor provecho de ellos, sino de realmente servirlos en sus diferentes necesidades, también las colaterales.

    En conclusión, podríamos decir que la madurez personal le da al directivo la calma y el peso específico que se requieren para tomar buenas decisiones. En primer lugar, y quizás lo más difícil de conseguir, no estar sometido a sus propios vaivenes de temperamento o a sus  obsesiones: la obsesión ataca a todos los hombres, y normalmente por cuestiones que no valen la pena. Por eso, asumir el reto de adquirir una madurez personal es una de las tareas imprescindibles para un directivo.

     

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