Dos defectos personales que debe evitar la Alta Dirección

    Alejandro Fontana Palacios
    Profesor del Área de Control Directivo del PAD- Escuela de Dirección.

    En la literatura sobre el gobierno corporativo poco se habla de los defectos personales  que debe evitar la Alta Dirección. Hay quienes piensan, que el estilo personal de vida no influye en el gobierno empresarial. Pero, no es así: una empresa no es otra realidad que el conjunto de relaciones personales entre quienes conforman la organización. De allí que la calidad personal de sus miembros tenga más influencia que el análisis estratégico del negocio. Por eso, me voy a referir a dos defectos que debe evitar todo directivo, especialmente la Alta Dirección de la empresa: el orgullo y el miedo.

    Cuando una persona no quiere admitir que se ha equivocado a pesar de las evidencias; cuando no escucha a sus pares o subalternos y solo se fía de su propio criterio; cuando se considera superior a los demás; cuando no admite críticas; cuando cree que solo él hace bien las tareas; cuando se siente imprescindible; cuando todo lo confía a sus fuerzas; cuando no saluda al vigilante ni a las secretarias; cuando se siente herido por un comentario de un colega; cuando se molesta, porque rechazan su propuesta, entonces esa persona sufre del mal de orgullo.

    El orgullo encierra al directivo entorno a sí, impidiéndole escuchar los consejos de los demás, y perdiendo, por tanto, objetividad y visión en las decisiones críticas; enrarece las relaciones con colegas, clientes, proveedores, subalternos o competidores, haciéndole ver fantasmas donde no existen: segundas intenciones, comentarios que nunca se hicieron o diálogos internos que nunca se han dado ni que se darán, y que generan una actitud interna de rechazo ante los supuestos “agresores”. Además, el orgullo personal de la Alta Dirección se contagia rápidamente al resto de los ejecutivos, e incluso,  al personal de la empresa. Entonces aparece la falta de objetividad en la evaluación  de la performance de la organización: se ven a los competidores solo como principiantes y como agentes incapaces de hacer algo bueno; se desprecia a los proveedores; se confía exageradamente en los éxitos pasados, y por tanto, se descuidan las actividades claves del negocio, generando así la decadencia de esa organización.  En consecuencia, este defecto personal cuando se presenta en la Alta Dirección puede ocasionar graves daños a la empresa.

    Por su parte, el miedo paraliza: no deja pensar con objetividad ni con oportunidad; impide actuar con la soltura que tiene quien lo hace basado en recta conciencia: siempre está dubitativo, calculando los movimientos en función de lo que será el futuro. También ocasiona un continuo cuestionamiento por los efectos de las acciones pasadas: si fueron positivas o no, si será criticado o alabado. De alguna manera hace que la persona viva hipotecada a lo que pueda suceder mañana. El miedo también genera fantasmas: hace que se espere lo peor en el futuro: ¡angustia!, y cuando se presenta en la Alta Dirección, genera un ambiente de incertidumbre e inseguridad en toda la empresa, lo que complica más la situación.

    De otro lado, el directivo que tiene miedo tarda en actuar, aunque los resultados de sus acciones vayan a ser muy positivos: teme equivocarse; en especial, tarda en corregir: no enfrenta con el poder que tiene los abusos cometidos por otros ejecutivos. Y está excesivamente pendiente de lo que puede perder si actúa: el puesto, una promoción, un reconocimiento, la confianza de un superior.

    Como estos defectos son personales, no pueden suprimirse de golpe; por lo tanto, para contrarrestar los efectos negativos presentes aún en el proceso de rectificación, el directivo debe procurar actuar con la mayor coherencia interna posible: enfocarse sinceramente en los fines de la organización y buscando, al mismo tiempo, lo mejor para los colaboradores, los clientes y los proveedores. Si actúa con esta coherencia, y no se mueve sujeto a sus intereses aprovechándose de los clientes, de los proveedores o de los colaboradores, le será más sencillo evitar el orgullo, y también el miedo. Entre otras actitudes, le resultará más fácil escuchar lo que otros sugieran o puedan aportar; le concederá a cada persona su espacio;  admitirá con sencillez sus propios errores y pondrá los medios para corregirlos. De otro lado, las consecuencias de sus acciones le asustarán menos: tendrá la seguridad de actuar en forma coherente y buscando el beneficio de todos; será más objetivo al evaluar la situación de la empresa; y experimentará menos fantasmas en su entorno: temores ante las reacciones de terceros.

    El orgullo y el miedo son defectos que debemos erradicarlos de toda vida personal, en especial, del entorno empresarial. Por eso, la Alta Dirección siempre debe estar alerta ante ellos.

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