El verdadero sentido del trabajo

    José Ricardo Stok
    Director General
    Publicado en el diario Gestión el 26 de abril de 2018

    A pocos días de celebrar el Día del Trabajo, me parece oportuno que reflexionemos sobre esta maravillosa realidad de la raza humana, a la que Dios le otorgó las capacidades y dones necesarios para hacerlo.

    Mucha gente piensa, y así actúa, considerando que el trabajo es exclusivamente el medio para su subsistencia: así consigue recursos para sí y su familia, es una moneda de intercambio. Bajo este concepto, el trabajo se convierte en una mercancía: yo doy trabajo, me dan dinero; y la consecuencia es trabajar lo más que se pueda para tener lo más que se quiera; se convierte en un medio para consumir. Esta concepción se fomenta con la idea de una “meritocracia” mal entendida, que se deriva de una competencia dentro de la organización, convirtiendo a los trabajadores en cuasi enemigos unos de otros. Otras veces, se ve al trabajo como “posicionador” social, donde importa particularmente la obtención de poder —no de autoridad—, saber a quién domino y cómo me ven, qué prebendas tengo por sobre los demás. Esto, cuando menos, no contribuye a un buen trabajo sino más bien a un actuar frívolo.

    Ambas concepciones son pasto fácil para un afán desmedido de lucro o de pasión por el poder, lo que puede devenir en modalidades de corrupción. Cuando se permiten o fomentan esas pasiones e instintos, el hombre se deshumaniza, adopta estos ídolos y les rinde culto.

    El papa Francisco explica que «una paradoja de nuestra sociedad es la presencia de una creciente cuota de personas que querrían trabajar y no lo logran, y otros que trabajan demasiado y querrían trabajar menos, pero no lo consiguen porque han sido ‘comprados’ por las empresas».

    Bien diferente es el sentido del trabajo como dignidad antropológica, basado en la centralidad de la persona. De esta manera, cada trabajador “crece” en capacidades, virtudes y valores que surgen y se recrean precisamente por el hecho de ejercer una profesión u oficio noble y honesto. La persona se valora y es valorada por lo que es y por cómo hace su trabajo: con ilusión de mejorar, con afán de aportar y, ciertamente, con esfuerzo y sacrificio, garantías de que el trabajo es efectivamente una actividad “trabajosa” pero creadora.

    Y cuando quien trabaja lo hace con deficiencias, cansinamente o sin dedicación ni creatividad, es oportuno plantearse si esto es su exclusiva responsabilidad o consecuencia de falta de guía, capacitación o exigencia. Los jefes, en todos los niveles, deben estar en condiciones de orientar, animar, formar, para poder entonces demandar. Y para esto se requiere una condición básica: los directivos deben conocer a sus trabajadores, de lo contrario se hacen corresponsables de la poca eficacia del trabajo. Toda una tarea para quienes dirigen.

    Esto nos lleva a concebir el trabajo como servicio. Servicio a la empresa en la que uno se desenvuelve, servicio a los colegas y colaboradores, servicio a quienes se benefician con el esfuerzo diario. Servicio que nos convierte en “servidores” y en personas útiles, que sirven sirviendo. Es garantía de concordia, de paz social, de mejora y desarrollo. Pensar más en el otro que en uno, no solo nos hace más eficaces, sino que nos hace más felices. Toda una motivación extrínseca.

    Si queremos combatir la corrupción, debemos potenciar la calidad del trabajo y las cualidades para el trabajo. Y quitar la idea de que el trabajo es el “puesto”, algo que se logró; el trabajo se crea cada día, es don de Dios. ¡Feliz Día del Trabajo! ¡Feliz Día del Trabajador!

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