Guerra a la Innovación

    Rafael Zavala 
    Director de Relaciones Institucionales del PAD
    Publicado en el revista Harvard Deusto el 04 de mayo del 2018

    En medio de un entorno empresarial que valora cada vez más la innovación como un requisito sine qua non para el éxito, es lógico que las pymes busquen innovar a toda costa.

    Para una pequeña organización, ello puede significar envolverse en complejos procesos, pérdida de enfoque, gastos inútiles y, en consecuencia, fracasos que pueden conducir a la frustración.

    Sin embargo, es en el entorno empresarial de las pymes, cuyo desarrollo está íntimamente ligado al liderazgo de sus fundadores, donde valdría la pena reflexionar sobre el concepto de innovación e incorporar un componente de transformación, pero sobre todo de transformación personal.

    La transformación personal, por su carácter permanente y por la persistencia requerida para alcanzarla, debe ser asumida por los líderes como el requisito indispensable no solo para innovar, sino sobre todo para sobrevivir y construir organizaciones sólidas, que permanezcan en el tiempo, crezcan y sean reconocidas por sus productos, servicios y cultura empresarial.

    Perseverancia, paciencia, capacidad de priorizar tareas, sin tener que vivir obligados a crear algo nuevo todos los días, sino a hacer mejor las cosas, orientados a los equipos y clientes. Es el reto que toda organización debería afrontar.

    Y, en un mundo cada vez más competitivo, que prioriza la inmediatez, son las pymes las que, por su flexibilidad, pueden mostrarse como ejemplo y acelerar esos procesos de transformación profunda.

    Imaginemos por un momento al hombre de las cavernas encendiendo fuego por primera vez, o a los antiguos alfareros de Mesopotamia haciendo girar la arcilla con un artilugio circular que, a fuerza de uso, se convertiría más tarde en la rueda.

    Es más que probable que ninguno de ellos alcanzara dichos descubrimientos después de una sesión de design thinking y que estos no fueran producto de un scrum liderado por un CIO que, junto con su equipo, llenara de coloridos pósits las paredes de la “recientemente renovada caverna de reuniones”.

    Incorporar estos términos en la cultura empresarial, pensando que de por sí significan innovación, es obviar su verdadera naturaleza: son herramientas, extremadamente valiosas, por cierto, que persiguen un objetivo, que es el de ordenar los procesos, promover la generación de ideas y sacar lo mejor del trabajo en equipo. Considerarlas como un fin en sí mismas se convierte en un error bastante común.

    Y es que los grandes descubrimientos de la humanidad, aquellos que realmente clasificamos como innovaciones, fueron producto de la perseverancia, la paciencia y, sobre todo, de la capacidad del hombre de comprender la verdadera función de las cosas.

    Cabe pensar entonces en el legado de verdaderos innovadores como Leonardo, Colón, Einstein o el mismo Stephen Hawking para darnos cuenta de lo que clasificamos realmente bajo el término “innovación”.

    A día de hoy, cuando el término innovación es moneda común en toda conversación, artículo y libro sobre management, es natural que los líderes de una organización, sobre todo de una pequeña empresa que lucha en el día a día por sobrevivir y destacar en mercados competitivos, conduzcan a sus equipos a una espiral sin fin, que puede amenazar el futuro de cualquier negocio.

    La raíz del problema es única: el desconocimiento acerca del verdadero significado del término innovación.

    LA CARRETERA A LA MEDIOCRIDAD

    El estudio Reinventing innovation: Five findings to guide strategy through execution, realizado por PWC a 1.200 ejecutivos en 44 países, arroja algunas ideas reveladoras sobre el concepto de innovación. Sin embargo, quizá la más valiosa es la fuerte correlación que existe entre esta y las ventas.

    Según el 69% de encuestados, el crecimiento de las ventas es el principal indicador para medir la innovación.

    Si ambos factores están tan ligados, no es difícil inferir la presión que existe en las organizaciones para cambiar o sustituir aquello que pensamos que ya no sirve o que suponemos que nuestros clientes necesitan, creyendo que de esa manera nuestras cifras de ventas serán más elevadas.

    Nos forzamos a inventar algo novedoso todos los días, y si no lo hacemos, sentimos que hemos fracasado.

    Justamente, esa cultura del esfuerzo es la que no solo logró los grandes avances de la humanidad, sino que es la clave para tener organizaciones sanas y productivas, enfocadas a satisfacer al cliente y a formar equipos de trabajo plenamente desarrollados.

    Es entonces el esfuerzo constante y sostenido, y no única o necesariamente la innovación, la matriz del éxito empresarial. Por otro lado, una mirada contraria a esta puede conducir incluso a la insatisfacción y, por supuesto, a la mediocridad.

    ¿Esto implica que debemos dejar de innovar y declararle la guerra a la innovación?

    ¿METRO O RELOJ?

    No hay que asustarse. El objetivo de estas reflexiones no es, bajo ningún concepto, renegar o descartar la innovación del plano empresarial, sino entenderla en su total dimensión e intentar no glorificarla. Se hace entonces indispensable entenderla en profundidad para darle su espacio como una generadora de transformación.

    No estaría de más preguntarse qué hay detrás de ese concepto.

    En su libro The Upside of Turbulence, Donald Sull, profesor de la MIT Sloan School of Management, define la innovación como “una combinación de recursos existentes”. En pocas palabras, hacer lo mismo, de una manera distinta, optimizando recursos.

    Puede parecer, entonces, que la respuesta es volver a los orígenes.

    Hay que recuperar la esencia de las cosas e identificar cuál es el valor principal que estas tienen. Dicho de otra forma, no romper nuestros productos, servicios o procesos simplemente por el gusto de hacerlo, sino porque hemos pasado por un profundo proceso de introspección y estamos convencidos de que ello traerá un avance significativo, un cambio profundo y beneficioso para nuestra organización.

    Pero, sobre todo, debemos ser conscientes de que se requiere compromiso y estar dispuestos a destinar tiempo, esfuerzos y recursos.

    Cabe pensarlo de esta manera. ¿Cómo desea medir el éxito de su organización o el de usted mismo, con un metro o con un reloj?

    El primero de estos artefactos nos permite medir nuestros pasos y ver cuánto hemos avanzado. Suena bien; sin embargo, el metro no necesariamente mide la profundidad y permanencia de ese avance.

    El segundo artefacto, el reloj, medirá nuestra persistencia y constancia. Es decir, cuánto tiempo permanecemos en cada etapa y, por tanto, cuánto nos esforzamos, nosotros y nuestras organizaciones, en trabajar en profundidad en cada uno de los pasos necesarios para transformar.

    ROMPA CON EL METRO, ABRACE LA RUTINA…Y COCINE

    Podemos decir entonces que la primera regla de la innovación es la constancia, y hay que comprenderla como un ejercicio de paciencia, tolerancia y resistencia a la frustración necesario.

    No hay que ver la rutina como una traba constante. Se reniega de ella, se intenta cambiarla y hacerla desaparecer no solo de nuestra vida, sino también de nuestras organizaciones. La convicción social ha llevado a estigmatizar este concepto, y lo hace responsable de cualquier fracaso, desde nuestra vida personal hasta nuestros proyectos, sean personales o empresariales.

    Romper la rutina y empezar desde cero parece ser, entonces, la nueva norma. Pero ello, desde el punto de vista de un directivo, debería ser visto como una innecesaria loa a los tiempos de inmediatez y velocidad en los que vivimos y frente a los que no podemos claudicar.

    Ante los sobreestímulos de información y de opciones de consumo priorizamos lo efímero, simplemente, por puro aburrimiento. Esa mirada es la que nos lleva a reemplazar las cosas y los procesos y a querer cambiar nuestras organizaciones y sus productos, sin siquiera preguntarnos si ello es necesario.

    Propongamos un enfoque distinto: ¿qué pasaría si dejáramos de nombrar las cosas que hacemos todos los días como “repetición” y las llamáramos “transformación”?

    Por supuesto, esto no es solamente un simple cambio de términos lingüísticos, sino que pasa por comprender que la virtud está en la ilusión de terminar las cosas ya empezadas, darles un significado, convertir los proyectos, a fuerza de constancia, en productos que realmente cambien una realidad.

    Mirémoslo de esta manera: deberíamos pensar, como Ovidio, en “la gota que horada la piedra no por su fuerza, sino por su constancia”, en lugar de pensar en ser el CEO cuya empresa lanza un nuevo producto cada mes porque “es lo que hay que hacer”.

    La innovación, entonces, aquella que realmente transforma, se cocina a fuego lento para permitir, siguiendo una analogía gastronómica, que todos los ingredientes liberen sus sabores propios y, en conjunto, logren concretar lo que alguna vez fue una receta escrita en papel.

    Innovar es, en resumen, transformar para complicarse la vida.

    TRANSFORMARSE: EL CAMINO EMPIEZA POR UNO MISMO

    Pero no debemos olvidarnos de las pymes.

    Como ya se dijo, por su estructura pequeña y flexible, son los espacios ideales para innovar. Sin embargo, siguiendo la lógica de este razonamiento, esa misma estructura las liga estrechamente con la cultura de sus fundadores.

    A diferencia de las grandes corporaciones, en una pyme, la capilaridad es muy alta. Por lo tanto, los estilos y formas de hacer las cosas, es decir, la cultura, fluyen con mayor rapidez. Así, la responsabilidad del management es mayor, por lo que la actitud que este tenga frente a temas como la innovación y su importancia cobra gran relevancia.

    Por ello, transformar cualquier organización, pero sobre todo una pyme, pasa primero por una transformación personal, la cual, hay que tenerlo claro, nadie hará por usted.

    Así que a continuación se lanzan algunas ideas que pueden ayudarle a empezar.

    1. Todo cambio es una llamada que procede del exterior; por el contrario, la transformación es una elección interior. Si la necesidad de transformar no empieza por uno mismo, sino que viene de fuerzas del mercado o de la necesidad de generar más beneficios, quizá esté a punto de embarcarse en una frustrante tarea sin propósito alguno.
    2. Hay que empezar por tomar conciencia de qué cosas se quieren cambiar de uno mismo, para luego transferirlas a la organización. Es aquí donde las herramientas de management se aplican a la transformación personal. Hay que empezar por un diagnóstico, entender cuál es nuestra misión, realizar un FODA y, sobre todo, hacernos las siguientes preguntas: si usted se acabara de conocer, ¿confiaría en usted mismo?, ¿le gustaría pasar tiempo con usted?
    3. Diseñe un plan estratégico personal. Defina sus objetivos, como persona, como miembro de una familia –hijo, pareja, padre–, como profesional y como amigo, así como las estrategias y acciones para cumplirlos. Por supuesto, deben establecerse plazos de acción. Cabe recordar que la transformación es como una maratón, no como una carrera de 100 metros lisos. Hay que tener paciencia.
    4. No se quede en la palabra. Impleméntelo, pero poco a poco. Defina los triunfos a corto plazo que impulsarán los siguientes éxitos. Repita esos comportamientos hasta convertirlos en hábitos. Establezca nuevos hábitos, repítalos y mida el cambio.
    5. Predecir el futuro. El futuro suele lanzarnos evidencias de lo que va a pasar. Hay que ser lo suficientemente astuto como para captarlas, adoptarlas, adaptarse y reinventarse. Esto nos permitirá identificar nuevas oportunidades no solo personales, sino también de negocios.

    Y, finalmente, al terminar el día hay que preguntarse: “¿Me he sabido censurar?, ¿he sabido decir que no?”. Bajo esta óptica, entonces, lo importante no es cumplir con todo en la agenda, sino aprender a priorizar. Primero lo urgente y lo importante; después lo importante, pero no urgente; luego lo urgente, pero no importante; y finalmente –solo si queda tiempo–, aquello que no es ni importante ni urgente.

    Después de todo lo apuntado, vale la pena reflexionar sobre en cuál de estas categorías encaja la innovación y si está en plena forma, o es simplemente un freno para una vida personal y empresarial plena.

     

    04/05/2018-Redacción PAD

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