La responsabilidad ética de quienes gobiernan

    José Ricardo Stok
    Director General del PAD
    Publicado en diario Gestión el 28 de mayo del 2019

    La encuesta global sobre integridad en los negocios elaborada por EY en el 2018 señala que en el Perú el 16% de las empresas ha sufrido un fraude significativo en los dos últimos años. Considerando que no todos los casos se reportan, es muy posible que esta cifra sea mayor.

    Preguntados los altos ejecutivos sobre de quién es la responsabilidad, el 50% apunta a la gerencia general, el 16% al directorio y también 16% opina que recae en cada miembro de la organización. Seguramente, si esta pregunta se hiciera a los empleados, en general, señalarían masivamente a la gerencia general y al directorio.

    Si bien es cierto que actuar con responsabilidad ética es deber de todos, la alta dirección es especialmente responsable de velar porque la empresa no se vea manchada con cualquier tipo de transgresión. Tiene el poder de fijar el marco normativo para las faltas; tiene el poder de controlar, de sancionar. Pero, además, le compete una especialísima responsabilidad de formar, de enseñar.

    Lamentablemente, está un poco olvidado enseñar a ser éticos. Se comprende porque para esto hay que contar con dos supuestos básicos: que se sabe de ética y que se es capaz de generar confianza. Nadie da lo que no tiene: si la alta dirección no está bien formada en estos aspectos, no logrará ver o cuidar estas situaciones. Si no está claro cuáles son los elementos para calificar la moralidad de las faltas éticas, es imposible evitarlas; si no se es capaz de discernir el fin o la intención y no se sabe sopesar las circunstancias, no se estará en condiciones de evaluar correctamente y aplicar la sanción adecuada. Es un error ampararse en lo escrito en el código de ética u otros documentos, porque estos no pueden abarcar el sinnúmero de situaciones que puedan darse. Si no hay criterios claros, ¡qué difícil resulta gobernar!

    Y en cuanto a la confianza, esta se genera si la gente ve en los directivos una conducta sobria, nada ostentosa, si se actúa con respeto y justicia. El personal necesita ver en sus jefes una integridad de vida, si no todo lo que les digan podrá ser letra muerta. No debe olvidarse que la confianza es uno de los mejores antídotos contra la corrupción.

    Finalmente, unas palabras sobre algo que, aunque no es corrupción, puede tener fuertes repercusiones morales: la necesidad de que quienes dirigen o gobiernan tengan claro que deben gobernar, deben ejercer su autoridad; no hay nada peor que caer en la tibieza de la dirección a medias. La inacción, la demora en resolver asuntos o “no decidirse a decidir” es nefasto para la salud de las organizaciones y de la sociedad. Y esto se puede dar en una empresa o en el gobierno municipal, regional o nacional. No tomar decisiones cuando corresponde es abdicar la función de gobierno. Si hay mandato, hay que ejercerlo. Pues si no se ejerce la autoridad cuando corresponde, se está omitiendo un deber, y esto es, sin duda, una falta de moralidad.

    El filósofo Leonardo Polo dice que «el miedo y la mentira rompen la vida social, aíslan a las personas porque hacen imposible la confianza ¿Cómo puedo fiarme de alguien si yo miento y él miente? ¿Cómo puedo confiar en alguien si yo tengo miedo y él tiene miedo? Y la vida social se tiñe de hipocresía porque el miedoso y el embustero son socialmente hipócritas, lo cual es una de las actitudes vitales más detestables: esas personas que parecen honorables y después actúan de otra manera».

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